Antes de comenzar cualquier disertación sobre la liturgia, es necesario definir claramente el culto y su sentido en la vida del hombre. A este respecto se expresa que el ser humano, dotado de razón experimenta la trascendencia y se ve avocado a establecer vínculos con ella, de manera que determina una serie de acciones que le permiten tal conexión. Surge entonces la tributación de culto a la Trascendencia, a ese ser superior, al cual tiende de manera natural: el hombre es capaz de Dios; por lo tanto, el culto que le ofrece a Dios, ha de ser razonable.
Ahora bien, el culto es una de las realidades esenciales de toda religión. En este sentido, y bajo la perspectiva cristiana, el culto es el homenaje externo de respeto y amor que el cristiano tributa a Dios y a los santos. Se realiza por medio de ciertos ritos o ceremonias litúrgicas. No obstante, es válido preguntarse, ¿se reduce el culto a la celebración en lugar sagrado? Frente a esto se puede expresar que no, ya que el culto adquiere su significado real cuando se identifica con la vida misma y proporciona a Dios toda la adoración. Así pues, el hombre no puede simplemente “producir” el culto, el hombre tiene que vivir y experimentar el culto; su vida misma es el culto.
Teniendo claro lo anterior, podemos equiparar liturgia cristiana en su sentido más pleno, con el significado de culto. Siguiendo esta línea es pertinente acercarse a la concepción más primitiva de liturgia. Para esto hay que recurrir a la etimología. Liturgia es una palabra compuesta de dos vocablos griegos: leiton y ergos; el primero es un adjetivo derivado de laos que significa “pueblo”; el segundo, se translitera por “obra”. Así desde el punto de vista etimológico liturgia indicaría “obra pública”. Civilmente, el término liturgia, en Grecia, hacía referencia a los servicios prestados por los ciudadanos de forma gratuita y luego, semántica y pragmáticamente, tomo el sentido de servicio pagado. Bíblicamente por los testimonios de la Septuaginta, liturgia haría referencia al culto estrictamente sacerdotal; cuando quería referirse al culto tributado por el pueblo usaba la terminología de latreia (adoración) y douleia (veneración). De igual forma, en el ámbito bíblico, pero ya en el Nuevo Testamento, aparece testimoniado en quince ocasiones, con significados diversos, a saber: culto ritual del Antiguo Testamento, servicio de la actividad caritativa y servicio de los ángeles, culto espiritual y culto ritual cristiano.
Cabe resaltar ahora algo de historia. En las primeras comunidades cristinas el término liturgia era empleado para determinar, entre otras cosas: la Eucaristía, el oficio de los apóstoles, el servicio cultual/sagrado y los oficios divinos. Gracias a la influencia de la cultura occidental romana, todo aquello que pudiera hacer referencia a la liturgia, usaba términos como celebratio, sacramentum, mysterium, etc. Sólo a partir del siglo XVI, se adopta el término liturgia casi con uniformidad; luego en el siglo XVIII se equipara a “oficio divino”; y en la actualidad, gracias a documentos del Magisterio de la Iglesia como la encíclica Mediator Dei de SS Pío XII y la Constitución Sacrosanctum Concilium, del Concilio Vaticano II, se consagra una definición común a toda la cristiandad como culto oficial de la Iglesia.
Conviene, sin embargo, rescatar la definición que hace Pio XII en la encíclica ya referida: “La Sagrada Liturgia es, por tanto, el culto público que nuestro Redentor rinde al Padre como Cabeza de la Iglesia, y es el culto que la sociedad de los fieles rinde a su Cabeza, y, por medio de ella, al Padre eterno; es, para decirlo en pocas palabras, el culto integral del Cuerpo místico de Jesucristo; esto es, de la Cabeza y de sus miembros” (MD 29). Asimismo, el Vaticano II recoge y amplía esta definición en el numeral 7 de la Sacrosanctum Concilium así: “…se considera la Liturgia como el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo. En ella los signos sensibles significan y, cada uno a su manera, realizan la santificación del hombre, y así el Cuerpo Místico de Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro. En consecuencia, toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdotes y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia.
Con todo, queda clara la centralidad Teándrica y Trinitaria de la liturgia; se resalta la importancia del acto revelador de Dios y el carácter de la Iglesia como cuerpo místico de Cristo y continuadora de su obra redentora.
De modo especial, en la liturgia, como culto oficial de la Iglesia, deben destacarse dos aspectos que la misma constitución ya mencionada propone: “la Liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza (…)Por tanto, de la Liturgia, sobre todo de la Eucaristía, (…) se obtiene con la máxima eficacia aquella santificación de los hombres en Cristo y aquella glorificación de Dios, a la cual las demás obras de la Iglesia tienden como a su fin” (SC 10). No obstante, hay que reconocer, según la apertura histórica y cósmica, en la que insiste SS Benedicto XVI en su obra Introducción al Espíritu de la Liturgia, que el culto no se agota en la celebración dentro del lugar sagrado o en las ceremonias de los sacramentos; la liturgia debe prolongarse como culto de la propia existencia a todos los ámbitos en los cuales corresponde testimoniar la Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección del Unigénito de Dios, realidades centro del culto cristiano.
Atendiendo a la concepción Trinitaria de liturgia, como obra del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, en el ámbito de la Revelación, se tiene en cuenta que la liturgia cristiana forma parte integrante de la automanifestación amorosa del Padre al género humano, por Jesucristo redentor en el Espíritu Santo vivificador y responsable de la comunión.
Según lo escrito antes, en primer lugar, es al Padre a quien van dirigidas las oraciones y toda la adoración, ya que Él, “es la fuente de toda la creación y de la salvación” (Cat 1110). Más ampliamente, el mismo Catecismo de la Iglesia Católica reza en su numeral 1083: “Se comprende, por tanto, que en cuanto respuesta de fe y de amor a las "bendiciones espirituales" con que el Padre nos enriquece, la liturgia cristiana tiene una doble dimensión. Por una parte, la Iglesia, unida a su Señor y "bajo la acción el Espíritu Santo" (Lc 10,21), bendice al Padre "por su Don inefable" (2 Co 9,15) mediante la adoración, la alabanza y la acción de gracias. Por otra parte, y hasta la consumación del designio de Dios, la Iglesia no cesa de presentar al Padre "la ofrenda de sus propios dones" y de implorar que el Espíritu Santo venga sobre esta ofrenda, sobre ella misma, sobre los fieles y sobre el mundo entero, a fin de que por la comunión en la muerte y en la resurrección de Cristo Sacerdote y por el poder del Espíritu estas bendiciones divinas den frutos de vida "para alabanza de la gloria de su gracia" (Ef 1,6).” Atendiendo a las líneas precedentes, tanto la dimensión cósmica como antropológica tienden a confesar la suprema autoridad del Padre y su amor todas sus criaturas.
Ahora la presencia y la obra del hijo Jesucristo en la liturgia, se entiende a partir del hecho de que es en la Encarnación, la Pasión, la Muerte y la Resurrección del hijo que se consuma toda la Revelación como tendiente a al acto salvador. Por Cristo hemos conocido al Padre y por Él mismo, hemos recibido al Espíritu Santo. Jesucristo es el único mediador entre Dios y los hombres, es Sumo y Eterno Sacerdote, es Cabeza del cuerpo de la Iglesia; en la Eucaristía, se hace vivo y presente en las especies del pan y del vino mediante el milagro de la transubstanciación, que acaece por las palabras del ministro que actúa In Persona Christi. A este respecto, resulta muy ilustrativo el numeral 7 de la Sacrosanctum Concilum en su primera parte: “…Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica. Está presente en el sacrificio de la Misa, sea en la persona del ministro, (“…”), sea sobre todo bajo las especies eucarísticas. Está presente con su fuerza en los Sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Él quien habla. Está presente, por último, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: "Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos" (Mt 18,20). Realmente, en esta obra tan grande por la que Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados, Cristo asocia siempre consigo a su amadísima Esposa la Iglesia, que invoca a su Señor y por El tributa culto al Padre Eterno.
Muchos consideran que en la liturgia, el Espíritu Santo, es el “damnificado” y “olvidado”; hablan de una tendencia meramente teocéntrica y/o meramente cristológica, que deja de lado el carácter pneumatológico que la liturgia debería también poseer y al cual debería darle fuerza especial, pues es Espíritu es quien ha sostenido y sostiene a la Iglesia, especialmente desde el día de Pentecostés. No obstante, esta sería una crítica de forma, pues en el fondo toda acción litúrgica, de modo inmanente y a la vez trascendente, está enmarcada, atravesada, configurada según la comunidad perfecta del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. La liturgia cristiana sería, a tenor de lo expuesto anteriormente, un don permanente del Espíritu Santo, en y por el cual es posible la comunión de la Iglesia, para hacer llegar al Padre, por el Hijo toda la adoración que por Su obra creadora y salvadora se merece. Este argumento se solidifica cuando la Iglesia expresa que: “En la Liturgia, el Espíritu Santo es el pedagogo de la fe del Pueblo de Dios, el artífice de las "obras maestras de Dios" que son los sacramentos de la Nueva Alianza. El deseo y la obra del Espíritu en el corazón de la Iglesia es que vivamos de la vida de Cristo resucitado. Cuando encuentra en nosotros la respuesta de fe que él ha suscitado, entonces se realiza una verdadera cooperación. Por ella, la Liturgia viene a ser la obra común del Espíritu Santo y de la Iglesia” (Cat1091). Al mismo tiempo, “en esta dispensación sacramental del misterio de Cristo, el Espíritu Santo actúa de la misma manera que en los otros tiempos de la Economía de la salvación: prepara la Iglesia para el encuentro con su Señor, recuerda y manifiesta a Cristo a la fe de la asamblea; hace presente y actualiza el misterio de Cristo por su poder transformador; finalmente, el Espíritu de comunión une la Iglesia a la vida y a la misión de Cristo” (Cat 1092).
En la recta final de este constructo es interesante hablar un poco en referencia al carácter sacramental de la liturgia. Para tal efecto, hay que partir de las siguientes premisas: Cristo es el protosacramento fuente de todos los sacramentos, mediante su Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección; la Iglesia es sacramento de Cristo pues luego de su resurrección, lo que en Él había de visible pasó a la Iglesia y a sus sacramentos, lo que nos conduce a la última premisa; la Iglesia posee y administra los sacramentos como signos y medios de la salvación. Estas proposiciones alcanzan plenitud si se hace referencia a la economía o dispensación sacramental, que el Catecismo de la Iglesia Católica plantea en el numeral 1076, de la siguiente manera: “El día de Pentecostés, por la efusión del Espíritu Santo, la Iglesia se manifiesta al mundo (cf SC 6; LG 2). El don del Espíritu inaugura un tiempo nuevo en la "dispensación del Misterio": el tiempo de la Iglesia, durante el cual Cristo manifiesta, hace presente y comunica su obra de salvación mediante la Liturgia de su Iglesia, "hasta que él venga" (1 Co 11,26). Durante este tiempo de la Iglesia, Cristo vive y actúa en su Iglesia y con ella ya de una manera nueva, la propia de este tiempo nuevo. Actúa por los sacramentos; esto es lo que la Tradición común de Oriente y Occidente llama "la Economía sacramental"; esta consiste en la comunicación (o "dispensación") de los frutos del Misterio pascual de Cristo en la celebración de la liturgia "sacramental" de la Iglesia”; queda más que clara y confirmada la Sacramentalidad de la liturgia, cuya esencia es el Misterio Pascual de Cristo, quien es cabeza del cuerpo de la Iglesia, en la cual se continúa la obra redentora del Padre por el Hijo en el Espíritu Santo.
Con todo, podemos decir con la Sacrosanctum Concilium: “En efecto, la Liturgia, por cuyo medio "se ejerce la obra de nuestra Redención", sobre todo en el divino sacrificio de la Eucaristía, contribuye en sumo grado a que los fieles expresen en su vida, y manifiesten a los demás, el misterio de Cristo y la naturaleza auténtica de la verdadera Iglesia. (…)la Liturgia robustece también admirablemente sus fuerzas para predicar a Cristo y presenta así la Iglesia, a los que están fuera, como signo levantado en medio de las naciones, para que, bajo de él, se congreguen en la unidad los hijos de Dios que están dispersos, hasta que haya un solo rebaño y un solo pastor.
