viernes, 27 de mayo de 2011

LA CELEBRACIÓN LITÚRGICA: EL CAMINO DESDE RÍO HASTA APARECIDA

LA CELEBRACIÓN LITÚRGICA:

EL CAMINO DESDE RÍO HASTA APARECIDA

I. INTRODUCCIÓN

La primera Conferencia General del Episcopado Latinoamericano acaeció en la ciudad de Río de Janeiro en Brasil, entre el 25 de julio al 4 de agosto de 1955, durante el pontificado de SS Pio XII, de ahí que haya una distinción entre Río y las cuatro siguientes conferencias, pues estas últimas son posteriores al Concilio Vaticano II. No obstante, no se debe desconocer que Río tiene también una remota referencia al impulso que propició el Concilio, pues se inscribe claramente dentro del conjunto de iniciativas promovidas por Pío XII, que ya en el pontificado de Juan XXIII culminarían en esta magna asamblea eclesial. Medellín, Puebla, Santo Domingo y Aparecida ciertamente están bajo el influjo directo del Vaticano II; más aún, deben ser consideradas como impostaciones y aplicaciones latinoamericanas del mismo[1].

Cada conferencia tuvo una línea general de acción. Río (1955) tenía el manifiesto deseo de fortalecer la fe en América Latina a la vez que de impulsar una renovada evangelización. Medellín (1968) tuvo como tema de reflexión: Presencia de la Iglesia en la actual transformación de América Latina, a la luz del Concilio Vaticano II. Puebla (1979) se reúne para reflexionar sobre la evangelización en el presente y el futuro de América Latina. Santo Domingo (1992) es convocada con el fin de celebrar el V Centenario del inicio de la evangelización e impulsar desde allí una nueva evangelización, marco en torno al cual se fraguó toda la asamblea[2]. Finalmente, Aparecida ha reflexionado sobre el tema Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan vida. “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6), y ha procurado trazar en comunión líneas comunes para proseguir la Nueva Evangelización a nivel regional, tema, como vemos, coincidente en todas las conferencias.

II. SOBRE LA CELEBRACIÓN EN LAS DISTINTAS CONFERENCIAS

Las líneas de acción trazadas por las distintas conferencias son amplias y abarcantes, tanto que incluyen en sus reflexiones y conclusiones el tema de la celebración litúrgica como elemento que permite hacer de la Nueva evangelización toda una realidad. Veremos en las siguientes líneas los aspectos trabajados por estas asambleas episcopales del continente, en referencia a la celebración litúrgica; nos acercaremos a sus puntos originales y luego se habrá de llegar al establecimiento de una conclusión donde se evidencien los aspectos comunes de las conferencias.

Cuando Río habla en el numeral 56 del título V sobre la organización de la cura de almas,

expresa su vivísimo anhelo de que los párrocos, (…) en su misión de santificar, busquen el progreso espiritual de sus fieles: con la administración asidua de los Sacramentos, especialmente la Confesión y la Eucaristía; promoviendo la asistencia frecuente y aun diaria a la Santa Misa, con el empleo de medios aptos para favorecer la consciente participación de los fieles al Santo Sacrificio; con un reflorecimiento de la devoción a María Santísima, Madre y Reina del Continente Americano; con la intensificación de la vida litúrgica y de las genuinas formas de piedad y devoción cristianas…

Es claro como lo anterior apunta a la misión del ministro ordenado, en este caso el párroco de procurar, sobretodo, la animación de los fieles para participar eficazmente en la celebración y mantener vivas las devociones populares, especialmente la devoción mariana; todo orientado a la potencialización de la vida celebrativa del pueblo de Dios. Se evidencia también como sigue siendo responsabilidad de la dimensión celebrativa del pueblo de Dios el clérigo, sobretodo en la animación litúrgica. Por el contexto histórico sabemos que aun la celebración en lengua latina era una “obstáculo” para la participación consciente y eficaz de los fieles.

De otro lado, Medellín al hablar de la evangelización y crecimiento de la fe, plantea que toda celebración litúrgica hace que la Iglesia viva en la esperanza pues “está esencialmente marcada por la tensión entre lo que ya es una realidad y lo que aún no se verifica plenamente; es imagen de la Iglesia a la vez santa y necesitada de purificación; tiene un sentido de gozo y una dolorosa conciencia del pecado” (DM 9. 2). Esto aduce al Concilio Vaticano II, ya que nos dice que en la “liturgia terrena preguntamos y tomamos parte en aquella Liturgia celestial, que se celebra en la santa ciudad de Jerusalén” (SC 8).

En consonancia con lo expresado antes, y parafraseado el documento de Medellín, la presencia del Misterio salvífico de Cristo, termina en la celebración de la liturgia eclesial, esta será la razón de ser de la Iglesia en el ámbito celebrativo de la fe; implica esto una identificación con Cristo y una actitud de conversión, aspectos desde los cuales se dé la debida gloria a Dios y se pueda engendrar la santificación de los hombres (Cfr. DM 9. 3). A este respecto y aludiendo a Presbyterorum Ordinis N. 6, Medellín, plantea que

la institución divina de la liturgia no puede jamás considerarse como un adorno contingente de la vida eclesial, puesto que “ninguna comunidad cristiana se edifica si no tiene su raíz y eje en la celebración de la santísima Eucaristía, por la que ha de comenzarse toda educación del espíritu de comunidad. Esta celebración, para ser sincera y plena, debe conducir tanto a las varias obras de caridad y a la mutua ayuda, como a la acción misionera y a las varias formas del testimonio cristiano” (DM 9. 3).

Además, Medellín constata unos aportes especiales que habrán de obtenerse de la celebración del misterio de la Salvación, como el conocimiento profundo de la fe, el sentido de la trascendencia de la vocación humana, el crecimiento del espíritu de comunidad, el mensaje cristiano de gozo y esperanza, el carácter misionero y el compromiso con las realidades humanas (Cfr. DM 9. 6).

Ahora bien, Puebla en su capítulo III, sobre los medios para la comunión y participación, habla de la Liturgia, de la oración particular y de piedad popular, como realidades de la celebración de la fe del pueblo de Dios; a la primera la propone como momento privilegiado de comunión y participación para una evangelización que conduce a la liberación cristiana integral, auténtica; a las otras dos las define como fenómenos presentes en el alma de nuestro pueblo y que constituyen valores de evangelización (Cfr. DP 895). El documento de Puebla interpela para realizar toda una renovación litúrgica en la región, enmarcada en una teología litúrgica, donde es sumamente relevante la teología de los Sacramentos, para ayudar a la superación de mentalidades marcadas por el ritualismo y el rubricismo (Cfr. DP 916). Además esta renovación litúrgica implica, entre otros asuntos, ciertos criterios pastorales fundados en la naturaleza misma de la liturgia (fuente y culmen de la vida cristiana) y de su función evangelizadora y el fomento de la participación que conduce a la comunión (Cfr. DP 924, 925).

Puebla, asumiendo el espíritu de la Sacrosanctum Concilum, define en el numeral 918:

La liturgia, como acción de Cristo y de la Iglesia, es el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo; es cumbre y fuente de la vida eclesial. Es encuentro con Dios y los hermanos; banquete y sacrificio realizado en la Eucaristía; fiesta de comunión eclesial, en la cual el Señor Jesús, por su misterio pascual, asume y libera al Pueblo de Dios y por él a toda la humanidad cuya historia es convertida en historia salvífica para reconciliar a los hombres entre sí y con Dios. La liturgia es también fuerza en el peregrinar, a fin de llevar a cabo, mediante el compromiso transformador de la vida, la realización plena del Reino, según el plan de Dios.

En otro punto, es posible también vislumbrar como Puebla atiende al principio de que toda acción litúrgica es evangelizadora y que ninguna actividad pastoral puede realizarse sin referencia a la liturgia, pues toda celebración implica, de suyo, formación en la fe mediante el anuncio de la Buena Noticia, la enseñanza de la catequesis y la instrucción bíblica (Cfr. DP 927, 928).

Llegamos a Santo Domingo y el panorama no es tan distinto. El tema central como ya se mencionó en la parte introductoria es el de la Nueva Evangelización, de ahí que su capítulo uno lleve este título y en el numeral 34 hablando de la celebración litúrgica exprese, entre otras cosas, que

La Iglesia santa encuentra el sentido último de su convocación en la vida de oración, alabanza y acción de gracias que cielo y tierra dirigen a Dios por «sus obras grandes y maravillosas» (Ap 15,3s; cf. 7,9-17). Ésta es la razón por la cual la liturgia «es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza» (SC 10). Pero la liturgia es acción del Cristo total, Cabeza y miembros, y, como tal, debe expresar el sentido más profundo de su oblación al Padre: obedecer, haciendo de toda su vida la revelación del amor del Padre por los hombres. (…) el culto cristiano debe expresar la doble vertiente de la obediencia al Padre (glorificación) y de la caridad con los hermanos (redención), pues la gloria de Dios es que el hombre viva. Con lo cual lejos de alienar a los hombres los libera y los hace hermanos.

De lo anterior se puede inferir un acentuado espíritu conciliar donde se asume la celebración litúrgica como celebración del Cristo total, es decir, de Jesús cabeza de la Iglesia y de los fieles que participamos del sacerdocio común gracias al bautismo, por el que fuimos incorporados al nuevo pueblo de Dios, de manera que podamos gozar de los méritos que por las acciones litúrgicas se obtienen, o sea, aquellas centradas en nuestra santificación. Y también que adquiramos la convicción de celebrar nuestra fe como manifestación de la gloria que debe prodigársele al Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo.

Ahora Santo Domingo, como lo hicieron las anteriores conferencias, aboga por la promoción de una seria y permanente formación litúrgica del pueblo de Dios en todos sus niveles, a fin de que pueda vivir la liturgia espiritual, consciente y activamente (DSD 51). Esta es una insistencia especial de la conferencia citada, pues como vimos el centro es la Nueva Evangelización, lo que implica una transformación sustancia de todos los ámbitos de la vida de la Iglesia, lo que incluye la celebración litúrgica, cuya comprensión y vivencia debe partir de una formación adecuada, eficiente, efectiva y eficaz.

Finalmente, arribamos a la más reciente conferencia del episcopado latinoamericano, la de Aparecida. En el capítulo VI sobre el itinerario formativo de los discípulos misioneros y hablando de los lugares de encuentro con Jesucristo, se plantea a la Eucaristía como

el lugar privilegiado del encuentro del discípulo con Jesucristo. Con este Sacramento, Jesús nos atrae hacia sí y nos hace entrar en su dinamismo hacia Dios y hacia el prójimo. Hay un estrecho vínculo entre las tres dimensiones de la vocación cristiana: creer, celebrar y vivir el misterio de Jesucristo, de tal modo que la existencia cristiana adquiera verdaderamente una forma eucarística. En cada Eucaristía, los cristianos celebran y asumen el misterio pascual, participando en él. Por tanto, los fieles deben vivir su fe en la centralidad del misterio pascual de Cristo a través de la Eucaristía, de modo que toda su vida sea cada vez más vida eucarística. La Eucaristía, fuente inagotable de la vocación cristiana es, al mismo tiempo, fuente inextinguible del impulso misionero. Allí, el Espíritu Santo fortalece la identidad del discípulo y despierta en él la decidida voluntad de anunciar con audacia a los demás lo que ha escuchado y vivido. (DA 251)

Lo dicho antes implica la celebración y la vivencia de lo que creemos; la conformación con el estilo de vida de Jesús resumido en el mandamiento de la caridad y en el seguimiento de los consejos evangélicos; la inmersión en el misterio salvífico y redentor de Jesucristo.

Es por lo anterior que en el numeral 252, se le da una gran relevancia al precepto dominical como una necesidad interior del creyente, de la familia cristiana, de la comunidad parroquial, pues el entendimiento de esta realidad garantiza un discípulo misionero maduro. En otras palabras, Aparecida pretende que se asuma una configuración tal con Cristo que podamos transparentarlo en nuestra vida, la cual ha de expresarse fundamentalmente en nuestra dimensión de discípulos misioneros para que nuestros pueblos tengan vida abundante en Jesucristo. Por lo que el Domingo, día del Señor, en el que tenemos la posibilidad de hacernos más parecidos a Cristo es la jornada por excelencia en la que el pueblo de Dios se reúne para celebrar el Misterio Pascual de Cristo, para hacerse contemporáneos con la realidad del Hijo que trasciende el cosmos y la historia para darse a nosotros de modo especial en la celebración litúrgica.

III. CONCLUSIÓN

Al final sólo resta expresar como puntos comunes respecto a la celebración litúrgica, de las distintas conferencias episcopales de Latinoamérica y el Caribe, los siguientes:

· La impostación de la definición de la liturgia a la luz del Concilio Vaticano II, pero respondiendo al tema de la Nueva Evangelización, marco en el cual la catequesis, la teología y, por supuesto, la liturgia han querido ser adaptadas por los Obispos al contexto religioso de la región que se encuentra impregnado por el carácter multicultural de Latinoamérica y el Caribe.

· El asumir la liturgia como celebración del misterio salvífico de Cristo, como Misterio Pascual, como encuentro de Dios y los hombres, como celebración por excelencia de la comunidad, como celebración y vivencia de la fe.

· Todas las conferencias insisten en la adquisición de la convicción de vivir la liturgia espiritual, consciente y activamente. Cuestión que debe propiciarse desde la formación, la educación, la promoción y la constitución de una pastoral litúrgica que no se quede en la frivolidad de las normas, sino que abogue por una teología litúrgica y la comprensión bíblica de la dimensión celebrativa del cristiano.

· Puede inferirse en todas las conferencias una preocupación especial por no dejar que se desligue la liturgia de la evangelización, apelando al principio de que toda acción litúrgica es eminentemente evangelizadora y que todo ejercicio evangelizador debe conducir a la vivencia consciente de la liturgia, de la celebración del culto cristiano.



[1] Cfr. Conferencias Episcopales Latinoamericanas. [en línea][visitado el 22 de mayo de 2011] disponible en internet: http://multimedios.org/programas/descripcion/confer.htm

[2] Ibíd. http://multimedios.org/programas/descripcion/confer.htm

martes, 24 de mayo de 2011

LA ESPIRITUALIDAD LITÚRGICA: BASES TEOLÓGICAS DE UNA ESPIRITUALIDAD LITÚRGICA SEGÚN LA CONSTITUCIÓN CONCILIAR SOBRE LA LITURGIA

INFORME DE LECTURA N° 11

MARTIN, José Ma. Patino s.j. (preparador edición). Liturgia Hoy. Tomo I: Criterios conciliares de la renovación litúrgica. Madrid: Razón y Fe S.A. 1965

LA ESPIRITUALIDAD LITÚRGICA

BASES TEOLÓGICAS DE UNA ESPIRITUALIDAD LITÚRGICA SEGÚN LA CONSTITUCIÓN CONCILIAR SOBRE LA LITURGIA

Sobre el Misterio Pascual

Como Cristo realizó la obra de la redención mediante el Misterio Pascual de su Pasión, Resurrección y Ascensión, ha sido obligación de la Iglesia no sólo el anuncio de este misterio, sino también realizar la obra de la salvación mediante el Sacrificio y lo Sacramentos. De tal forma que, por ejemplo, como lo dice el número 6 de la SC, los hombres son injertados en el Misterio Pascual de Jesucristo y “la Iglesia nunca ha dejado de reunirse para celebrar el misterio pascual: leyendo "cuanto a él se refieren en toda la Escritura" (Lc, 24,27), celebrando la Eucaristía, en la cual "se hace de nuevo presentes la victoria y el triunfo de su Muerte", y dando gracias al mismo tiempo " a Dios por el don inefable" (2 Cor, 9,15) en Cristo Jesús, "para alabar su gloria" (Ef, 1,12), por la fuerza del Espíritu Santo”(n. 6).

El concilio enseña a vivir la fe como la conciencia vivida de la Historia de Salvación que es la Historia de Cristo muerto y resucitado, y que debe llegar a ser nuestra historia. El objeto de nuestra fe es el acontecimiento de la muerte y la glorificación de Cristo, ocurrido de una vez y para siempre, creyendo en él como hacia el que todo tendía desde Adán, que pone su marca en todo lo que seguirá y hasta la Parusía como consumación de la historia de los hombres.

La realidad de la Muerte, Resurrección y Ascensión aparece como la pascua de la tiniebla a la luz, de la muerte a la vida, que tiene su representación en la antigua alianza y alcanza su plenitud en la Nueva con el bautismo en Cristo. Esta visión supone una restauración de la espiritualidad litúrgica centrada en la Biblia y en la Liturgia tradicional, esta última como orientadora en la interpretación de la Escritura.

Sobre la afirmación del Misterio Pascual como Misterio del Culto

Quiere decir lo anterior, que el misterio da el sentido y el contenido a todo el culto cristiano, y que es el misterio el que se cumple precisamente en el culto que el Padre espera de sus hijos; en espíritu y verdad. Así pues el principal efecto de la celebración del Misterio Pascual es santificar a la humanidad en la Iglesia uniéndola a la función sacerdotal de su Cabeza que es Cristo. Tal santificación es un don que nos hace capaces de dar a Dios el culto que es debido. La Liturgia terrestre, es como lo dice el numeral 8 de la SC, pregustación de la Liturgia celestial. La liturgia debe ser vista ante todo en la perspectiva de la glorificación de Dios que incluye un aspecto antropocéntrico.

Nosotros como miembros activos del cuerpo místico de Cristo, experimentamos el sentido comunitario que tiene la liturgia, que se nos presenta a partir de un lenguaje humano y divino que nos une a toda la Iglesia universal.

Mediante la liturgia el pueblo cristiano vive en conocimiento pleno de Cristo, especialmente en su amor. De esta manera Cristo está presente en la comunidad, asociándola en su Misterio Pascual, de manera que Dios a través de su Hijo Amado, se sienta plenamente glorificado y los hombre plenamente santificados.

No hay otra manera más visible de comprender lo invisible-sobrenatural, que actualizar el Misterio Pascual de Jesucristo, a través de la vivencia comunitaria de la liturgia.

Podemos entonces concluir este capítulo diciendo:

Que el Misterio Pascual debe ser celebrado desde dos planos:

- Experiencia litúrgica (vida comunitaria- signos y símbolos- gestos)

- Experiencia personal (reflexión, conversión, entrega total y libre)

Estas dos experiencias tienen una base, la cual exige que estén plenamente unidas. Esa base es la FE.

Sobre el carácter eclesiástico de la liturgia

Por el Misterio Pascual, los cristianos se convierten en verdaderos adoradores de Dios, convirtiendo así la liturgia, en Misterio de la Divinidad de la Iglesia.

La realidad sacramental y mística que contiene la liturgia, se convierte en uno de los tesoros más grandes que Dios ha entregado a la Iglesia. Para que la liturgia se cumpla en función de glorificar a Dios y santificar al hombre, se debe recibir como una misión directa a los encargados de administrar las Iglesias particulares, es decir, los obispos. Sin embargo, se debe evitar todo protagonismo, popularidad y manipulación de todo lo que corresponde a la vida litúrgica de la Iglesia. Es decir, que la liturgia acomodada por gustos personales o por algunos caprichos, desvirtúa y desacredita la unicidad de la Iglesia.

Otra realidad en la que se puede caer, es el clericalismo de algunos ministros, que a través de la autoridad eclesial que tienen, excluyen a los laicos de la vida litúrgica de la Iglesia, haciéndolos solamente espectadores y no miembros del cuerpo místico de Cristo.

Más que sentirse dueños de la liturgia, los obispos como sucesores de los Apóstoles, son los principales guardianes de este tesoro precioso que Cristo le dio a su Iglesia. En caso de hacer alguna modificación, o complementación a lo establecido en la liturgia, siempre debe llevar a un mejor conocimiento de la verdad que es Jesucristo.

Si la liturgia fue confiada a los Apóstoles y a sus sucesores los obispos, fue precisamente porque en la Iglesia-institución, sea a nivel diocesano o a nivel universal, se necesita personas que presidan las acciones sagradas de la Iglesia. Estos agentes de la escala eclesiástica, deben mostrar siempre, que la liturgia es de carácter público y comunitario, no privado. Es decir, que el Cuerpo de Cristo conformado por muchos miembros (obispos, sacerdotes, laicos) se mantiene por la función indispensable de cada una de las piezas. Teniendo claro, que cada miembro tiene una función específica, del cual debe participar buscando su propia santificación y la de los demás.

Sobre la posición de la liturgia en la vida del pueblo de Dios

La liturgia en las múltiples actividades de la Iglesia ocupa el lugar primordial, donde los cristianos se encuentran como familia cristiana a celebrar los Misterios Divinos.

Para que esta vida litúrgica se viva eficazmente, deben los laicos darle a la liturgia el puesto digno de una plena participación.

La participación viene del latín participatio partem-capere=tomar parte) y es sinónimo de intervención, adhesión, asistencia". En efecto, hoy día la palabra es utilizada frecuentemente y todo el mundo pide, en cualquier ámbito de la vida, poder participar. Para los cristianos, el fundamento de la participación está en el Bautismo ya que todo bautizado está revestido de la dignidad sacerdotal.

Se puede fácilmente mal interpretar la participación, creyendo que ella depende, de la presencia masiva de “católicos” a la vida litúrgica de la Iglesia. Esto es un gran error. No se trata de multiplicar artificialmente las actividades litúrgicas, pensando en aumentar la partición de los laicos. Se trata en que los pocos o los muchos participantes realmente de la acción salvadora de Dios.

Toda esta realidad puede ser fruto de la mala interpretación de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, que busca que los fieles laicos tengan una participación plena, consciente y activa en la vida litúrgica de la Iglesia. Sin embargo, lo fieles pueden libremente realizar actos de piedad en forma privada, siempre y cuando tenga un fundamento que vaya en unidad a la espiritualidad eclesial. Estas actividades de piedad, serían frutos de la misma vida litúrgica, serían una complementación de nuestra entrega personal y diaria a Dios.

Sobre la liturgia como don objetivo de Dios y la liturgia como asimilación subjetiva de este don por el pueblo de Dios

Una realidad en la que pocas veces pensamos, es la dimensión pedagógica de la liturgia. Además de celebrar los misterios pascuales, enseñanza doctrinal, la comunidad aprende y asimila el camino más apropiado para llegar a la plena configuración con Cristo.

Ver el sentido pleno de este camino, exige fe para poder comprender la acción salvadora de Dios a través de los signos y símbolos. Por tanto, la liturgia no puede ser usada como apologética, es decir como defensa radical de nuestras doctrinas. Mucho menos puede ser lugar de atracción para ganar adeptos a la religión.

lunes, 9 de mayo de 2011

PIA EXERCITIA, SACRA EXERCITIA, SACRA LITURGIA

INFORME DE LECTURA N° 10

MARTIN, José Ma. Patino s.j. (preparador edición). Liturgia Hoy. Tomo I: Criterios conciliares de la renovación litúrgica. Madrid: Razón y Fe S.A. 1965

PIA EXERCITIA

SACRA EXERCITIA

SACRA LITURGIA

Se sabe que en la liturgia no se agota la vida de oración de la Iglesia. En la tradición siempre se ha insistido tanto en la oración personal como en la comunitaria. Se recomendaba la oración de la mañana y de la noche. En un principio las horas de tercia, sexta y nona eran para hacerse en privado; se recomendaba hacerlas pensando en Cristo, pues en la hora de tercia Él estaba ante Pilato, a la hora de sexta fue crucificado y a la hora de nona fue sepultado. Con el tiempo estas horas se consolidan como oración litúrgica de la Iglesia.

Hubo un tiempo en el que los monjes y los clérigos memorizaban los 150 salmos; como esto no podía exigírsele a los laicos, se fue constituyendo en rezo del Rosario.

La oración personal tiene que ir de la mano con la oración litúrgica; solo se da la oración litúrgica cuando la oración personal de muchos se reúne como en una corriente y asciende a Dios como una plegaria de la Iglesia. Hay que preguntarse si los pia exercitia y Liturgia se contraponen y que si la liturgia está por encima de ellos. La dignidad y el rango elevado de la liturgia proviene de la presencia de Cristo en el ministro, en los sacramentos, en la Palabra y en los fieles; y de la estructura trinitaria de la Liturgia. Toda la oración, tanto la privada como la comunitaria, debe estar animada y dirigida por el Espíritu y en unión con Cristo, porque como suponemos, se realiza en gracia. La diferencia radica en que la Iglesia reunida para el culto divino, es signo sacramental de la oración que sube a Dios en Cristo y en el Espíritu Santo.

La diferencia entre los sacra exercitia y los pia exercitia, son más de tinte jurídico; los sacra exercitia son aquellos que se hacen por encargo de la autoridad competente; la santa sede o los obispos en las Iglesias locales. En cuanto a los actos religiosos populares deben tener en cuenta el tiempo litúrgico, concordar con la liturgia y en cierto modo derivarse de ella; de ahí que puedan distinguirse como sacra exercitia y no solamente como pia exercitia.

La celebración de la Palabra de Dios, cobra también gran importancia en tanto que, ella es apta para elevar la dignidad del culto cristiano.

Se concluye que la vida de la oración de la Iglesia es rica y diversa; las bases están en la oración personal (pia exercitia); la oración comunitaria en el orden de las Iglesias locales tiene especial dignidad (sacra exercitia); la sacra liturgia tiene un lugar privilegiado puesto que es dirigida y regulada por la Iglesia, ella es fuente y culmen de la vida cristiana.

lunes, 2 de mayo de 2011

EL TIEMPO LITÚRGICO

INFORME DE LECTURA N° 9

MARTIN, José Ma. Patino s.j. (preparador edición). Liturgia Hoy. Tomo I: Criterios conciliares de la renovación litúrgica. Madrid: Razón y Fe S.A. 1965

EL TIEMPO LITÚRGICO:

El domingo día del Señor

Casiano Floristán

Para iniciar el informe de lectura vale la pena retomar, como lo hace el texto, lo que dice la Sacrosanctum Concilium en su numeral 106, acerca de domingo. En dicho numeral se puede constatar cómo no se han olvidado los elementos esenciales de este día a lo largo de la historia de la Iglesia

La Iglesia, por una tradición apostólica, que trae su origen del mismo día de la Resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que es llamado con razón "día del Señor" o domingo. En este día los fieles deben reunirse a fin de que, escuchando la palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recuerden la Pasión, la Resurrección y la gloria del Señor Jesús y den gracias a Dios, que los «hizo renacer a la viva esperanza por la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos» (I Pe 1,3). Por esto el domingo es la fiesta primordial, que debe presentarse e inculcarse a la piedad de los fieles, de modo que sea también día de alegría y de liberación del trabajo. No se le antepongan otras solemnidades, a no ser que sean de veras de suma importancia, puesto que el domingo es el fundamento y el núcleo de todo el año litúrgico. (n. 106)

Hay que dar ahora una mirada al desarrollo del domingo en la Historia de Salvación:

I. EL SABADO JUDÍO

Se aborda aquí lo referido a la semana, y con respecto a ella se aduce que la distribución cristiana de los siete días tiene su origen en la semana judía que acaba con el sábado, día séptimo y día de descanso que a su vez tiene sus antecedentes en las religiones y culturas premosaicas. Para estas el sol y la luna juegan un papel fundamental, pues marcan toda su vida y sus actividades. Así por ejemplo según la fuerza vital del sol se llegó a una división del año en estaciones en las que se celebraban la siembra, el crecimiento, la recogida de cosechas y la muerte, nacieron de esta manera en Roma las feriae sementivae (noviembre - diciembre), las feriae messis (junio y agosto) y las feriae vindeminales (septiembre). Otro elemento importante es la historia mensual de la luna que nace, crece, decrece y muere. Se llegó a descubrir el día séptimo para que recogiese la fatiga de la semana y dar equilibrio físico y espiritual al hombre trabajador. Todos estos ritmos, inspirados en la naturaleza, tienen como finalidad religiosa crear unos días sagrados, necesarios para mantener el equilibrio físico, psíquico y religioso de la comunidad. De todos los ritmos ha perdurado hasta nuestros días la semana con un día final religioso de descanso. Por la unión de la base natural con el cálculo se puede decir que la semana es un ciclo cultural. La feminidad de la luna es un elemento esencial cuando se habla de la división del mes en cuatro semanas; el cuatro es femenino, el tres es masculino.

Luego se hace referencia a la institución del sábado como el descanso. Para esto se habla de los días nefastos; para lo cual se recuerda la discusión sobre si la semana procede del mundo índico-iránico o del sumerio-babilónico; lo cierto es que tiene su origen en Ur de Caldea entre los sumerios, un pueblo con una religión lunar. Los días nefastos eran las fiestas lunares guardadas cada siete días. En Ur las dos fechas más importantes eran la luna llena (sabattum) y el día de su desaparición (bubbulum), que eran celebrados con ayunos, oraciones y ritos especiales, con lo cual se definieron los días favorables (semu) o nefastos (limnu).

Se habla así de cómo la palabra bíblica Sabbath procede de la palabra babilónica sapattu, que puede significar dos cosas: “cesar” o “siete”. En cuanto día de luna llena era la fecha final de un tiempo de trabajo; y en cuanto derivado de número siete era sinónimo de un día tabú. Con esto es claro que el descanso sabático ya existía antes de que se planteara en el decálogo. Así pues de algún modo el sabbath es judaizado, y para después del exilio es norma para todos los hebreos; es el caso de la prescripción mosaica en la que el descanso sabático se da por la cesación de la caída del maná; sin embargo no es del todo claro el origen mosaico de esta norma.

El sábado es también considerado el día de libertad; el sabbath es el día en que descansa tanto el rico como el pobre, el esclavo como el libre, la bestia como el humano, porque es símbolo de la liberación del a esclavitud del Egipto. De igual manera, el sábado como simbólica del día séptimo, hace hincapié en las prescripciones levíticas que declaran al sábado como día cultual, un día para la asamblea. Pasa de ser el recuerdo de la liberación de la esclavitud de Egipto a tener un sentido litúrgico celebrativo. También el sábado es signo de la participación en la vida divina, pues el sábado como día santo pertenece a Yahvé y no al trabajo de los hombres, ya que aquel lo desacraliza. Después de todo el sábado será considerado, signo escatológico del mundo futuro; esto se explica porque antes del exilio es sábado tenía un sentido festivo, durante el exilio adquirió un sentido de santificación como centro de la piedad de los hebreos. Luego el sábado simboliza la alianza entre Dios y el pueblo y la garantía de la alianza futura. El sábado, a tenor de las sentencias de Ezequiel y de Isaías, sería un día dedicado totalmente a Yahvé.

II. DEL SÁBADO AL DOMINGO

El fundamento teológico del sábado judío es la Alianza, cuyo signo es también la circuncisión. Al final el sábado es el signo comunitario entre Dios y la humanidad. Desde la perspectiva deuteronómica en el sábado se ve cómo el pueblo concreta la alianza y desde el punto de vista sacerdotal se considera el sábado en el cómo Dios concede la alianza. Con todo el sábado termina siendo una figura como todas las instituciones y personajes del AT. Cristo es el espíritu del sábado como de toda la Antigua Alianza. Con el descanso de los cuerpos el sábado que empezaba desde las vísperas del viernes, se disponían las almas para la oración. Para esto con el exilio se crea la sinagoga para realzar el aspecto celebrativo comunitario del sábado.

Cristo tendrá que asumirse como el verdadero descanso, en tanto con su venida se inaugura el reino de Dios, que se había preparado desde el AT. Con la venida del Cristo redentor, se le da plenitud de significado al sábado; esto se evidencia con el rechazo de Jesús frente a los formalismos fariséicos con respecto al sábado. El trabajo sabático del Hijo será continuación del trabajo del Padre. A la luz de la reinterpretación que hace Jesús del sábado y el abandono que os primeros cristianos hacen de esta institución supone la separación total de la sinagoga. Según la predicaicon del san Pablo, signos judíos como el sábado y la circuncisión son pobres elementos comparados con la gracia que nos viene por Cristo. El cristiano entonces no descansará el sábado, sino en el Cristo, que es el Señor del sábado, que inaugura los últimos tiempos con el domingo. El verdadero sábado, según Tertuliano, es nuestro Salvador Jesucristo.

Con todo el tiempo cristiano será el verdadero séptimo día, puesto que Cristo al morir en las vísperas del sábado, descansó de su obra redentora y preparó otro día: el domingo como nuevo signo que sacramentaliza el misterio de la celebración pascual de Cristo. El sábado como institución muere con la muerte de Cristo para que se instaure el verdadero “séptimo día como auténtica liberación y nueva alianza del pueblo de Dios, era indispensable que el Señor eligiera para su Resurrección su Día, con un valor, en esencia, teologal.}

III. EL DOMINGO CRISTIANO

Con respecto a esto veremos los fundamentos teológicos, para lo cual se dice que el domingo es llamado con razón "día del Señor" (SC n. 106). Y esto se basa con razón en “una tradición apostólica, que trae su origen del mismo día de la Resurrección de Cristo” (Ibíd.)

Los primeros cristianos siguieron celebrando el sábado como día de descanso, pero en el domingo conmemoraban la Resurrección del Señor. Era el domingo el primero día del la semana judía. El día de la Resurrección de Cristo es el día de la fracción del pan y se acentuaba la esperanza de la vuelta del Señor. Con todo el domingo será para el cristiano el día en el que se obran todos los signos mesiánicos; es el día de la presencia misteriosa del Señor. “No es un día en el cual el hombre consagra y santifica, sino el día que Cristo elige para venir y cumplir la totalidad del obra futura. Después de hablar del primer día de la semana, se hablaba del día del Señor, dies dominica. Desde el siglo III se le denominó también “día de la Resurrección”.

El domingo no tiene su génesis sólo en la cultura judía, sino también en la pagana, donde los romanos, especialmente, celebran el dies solis, el día del sol. A partir de los señalamiento de Malaquías sobre Cristo como “sol de justicia”, pudo cristianizarse fácilmente la fiesta pagana del sol invicto.

El domingo es también el día octavo respecto del eón futuro. Los siete días son figura del tiempo, como el día octavo el símbolo de eternidad; el domingo es la figura del mundo futuro. El domingo, según San Basilio, es “uno” y “octavo”; uno, porque la vida futura es, a la vez, una, sin sucesión, sin ocaso; octavo, porque el mundo futuro sucederá al presente, figurado por el septenario”.

La Iglesia celebra el Misterio pascual cada ocho días, pues por una tradición apostólica es allí donde se celebra la eucaristía. Así pues el domingo es la fiesta principal, porque contiene todo el Misterio Pascual, es el resumen de la vida cristiana en comunidad, donde se comulga con el Cuerpo glorioso de Cristo, con las exigencias de la muerte y la resurrección; en el domingo se da esto más plenamente.

De tal manera que el domingo es el fundamento y el núcleo de todo el año litúrgico, este último se apoya en el día del Señor. Las celebraciones dominicales muestran el desarrollo de toda la historia de la salvación.

De todo lo anterior algunas consecuencias pastorales: la primera, tiene que ver con las tareas de la enseñanza de la Palabra y la celebración de la Eucaristía dominical. La segunda hace referencia a la asimilación del domingo como día de alegría por la revelación de Dios Creador y Salvador y como día de liberación del trabajo al modo del descanso sabático, pues es en el domingo donde se da plenitud a las virtualidades del Sabbath y además nos hacemos más parecidos a Dios mediante el ejercicio cultual de los poderes mesiánicos dominicales.

El oficio Divino en el vaticano II

José María Martín Patino

a) Problema pastoral

Se habla de la crisis del oficio divino en aspectos como su privatización, su desvinculación con el resto de los actos litúrgicos, el clericalismo y el juridismo. Para lo cual la exigencia es la urgencia de una participación activa, consciente, y fructuosa. Existe a la vez un problema práctico relacionado con lo complejo y tedioso que puede llegar a ser el rezo del salterio.

b) Preocupación de la Iglesia

La Iglesia no ha sido ajena a las problemáticas planteadas anteriormente. Por eso a través de la historia el magisterio ha tratado de simplificar y dar claridad y asequibilidad al rezo del oficio, sin que ello signifique disminución de la importancia y primacía de la oración.

c) Hacia una definición de Oficio

Es vista desde las cuestiones doctrinales para una definición del oficio y desde las normas generales de la reforma proyectada y de los principios anteriores.

I. LAS CUESTIONES DOCTRINALES PARA UNA DEFINICIÓN DEL OFICIO

Se determinan aquí los elementos esenciales al Oficio:

1. La iglesia instituye y ejerce un modo de oración

2. Para dar sentido cristiano al tiempo íntegro del día y de la noche.

3. Esto lo realiza mediante la alabanza y la súplica

II. NORMAS GENERALES DE LA REFORMA PROYECTADA Y DE LOS PRINCIPIOS ANTERIORES

Se miran los aspectos de reforma o restauración de: Laudes y Vísperas, como horas fundamentales; las Completas; la supresión de la Prima; el régimen nuevo de las tres Horas menores; la futura estructura de lo que se llama maitines; y la nueva disposición del salterio.

Al final la dificultad no es sólo comprender espiritualmente la oración de los Salmos, sino de llegar también a la comprensión de la estructura misma del Oficio: es necesario desvelar la función litúrgica de cada una de sus partes y encarnar temporalmente el misterio cristiano en cada hora del día. Hay que devolver al Oficio tres grandes ausencias: el tiempo real, la comunidad y el misterio cristiano. El Misterio Pascual que inspira toda celebración cristiana, debe hacerse más explícito en el tema de las Horas, sobre todo en aquellas de la noche y del día que son la expresión del Muerte y la Resurrección de Cristo.