viernes, 27 de mayo de 2011

LA CELEBRACIÓN LITÚRGICA: EL CAMINO DESDE RÍO HASTA APARECIDA

LA CELEBRACIÓN LITÚRGICA:

EL CAMINO DESDE RÍO HASTA APARECIDA

I. INTRODUCCIÓN

La primera Conferencia General del Episcopado Latinoamericano acaeció en la ciudad de Río de Janeiro en Brasil, entre el 25 de julio al 4 de agosto de 1955, durante el pontificado de SS Pio XII, de ahí que haya una distinción entre Río y las cuatro siguientes conferencias, pues estas últimas son posteriores al Concilio Vaticano II. No obstante, no se debe desconocer que Río tiene también una remota referencia al impulso que propició el Concilio, pues se inscribe claramente dentro del conjunto de iniciativas promovidas por Pío XII, que ya en el pontificado de Juan XXIII culminarían en esta magna asamblea eclesial. Medellín, Puebla, Santo Domingo y Aparecida ciertamente están bajo el influjo directo del Vaticano II; más aún, deben ser consideradas como impostaciones y aplicaciones latinoamericanas del mismo[1].

Cada conferencia tuvo una línea general de acción. Río (1955) tenía el manifiesto deseo de fortalecer la fe en América Latina a la vez que de impulsar una renovada evangelización. Medellín (1968) tuvo como tema de reflexión: Presencia de la Iglesia en la actual transformación de América Latina, a la luz del Concilio Vaticano II. Puebla (1979) se reúne para reflexionar sobre la evangelización en el presente y el futuro de América Latina. Santo Domingo (1992) es convocada con el fin de celebrar el V Centenario del inicio de la evangelización e impulsar desde allí una nueva evangelización, marco en torno al cual se fraguó toda la asamblea[2]. Finalmente, Aparecida ha reflexionado sobre el tema Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan vida. “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6), y ha procurado trazar en comunión líneas comunes para proseguir la Nueva Evangelización a nivel regional, tema, como vemos, coincidente en todas las conferencias.

II. SOBRE LA CELEBRACIÓN EN LAS DISTINTAS CONFERENCIAS

Las líneas de acción trazadas por las distintas conferencias son amplias y abarcantes, tanto que incluyen en sus reflexiones y conclusiones el tema de la celebración litúrgica como elemento que permite hacer de la Nueva evangelización toda una realidad. Veremos en las siguientes líneas los aspectos trabajados por estas asambleas episcopales del continente, en referencia a la celebración litúrgica; nos acercaremos a sus puntos originales y luego se habrá de llegar al establecimiento de una conclusión donde se evidencien los aspectos comunes de las conferencias.

Cuando Río habla en el numeral 56 del título V sobre la organización de la cura de almas,

expresa su vivísimo anhelo de que los párrocos, (…) en su misión de santificar, busquen el progreso espiritual de sus fieles: con la administración asidua de los Sacramentos, especialmente la Confesión y la Eucaristía; promoviendo la asistencia frecuente y aun diaria a la Santa Misa, con el empleo de medios aptos para favorecer la consciente participación de los fieles al Santo Sacrificio; con un reflorecimiento de la devoción a María Santísima, Madre y Reina del Continente Americano; con la intensificación de la vida litúrgica y de las genuinas formas de piedad y devoción cristianas…

Es claro como lo anterior apunta a la misión del ministro ordenado, en este caso el párroco de procurar, sobretodo, la animación de los fieles para participar eficazmente en la celebración y mantener vivas las devociones populares, especialmente la devoción mariana; todo orientado a la potencialización de la vida celebrativa del pueblo de Dios. Se evidencia también como sigue siendo responsabilidad de la dimensión celebrativa del pueblo de Dios el clérigo, sobretodo en la animación litúrgica. Por el contexto histórico sabemos que aun la celebración en lengua latina era una “obstáculo” para la participación consciente y eficaz de los fieles.

De otro lado, Medellín al hablar de la evangelización y crecimiento de la fe, plantea que toda celebración litúrgica hace que la Iglesia viva en la esperanza pues “está esencialmente marcada por la tensión entre lo que ya es una realidad y lo que aún no se verifica plenamente; es imagen de la Iglesia a la vez santa y necesitada de purificación; tiene un sentido de gozo y una dolorosa conciencia del pecado” (DM 9. 2). Esto aduce al Concilio Vaticano II, ya que nos dice que en la “liturgia terrena preguntamos y tomamos parte en aquella Liturgia celestial, que se celebra en la santa ciudad de Jerusalén” (SC 8).

En consonancia con lo expresado antes, y parafraseado el documento de Medellín, la presencia del Misterio salvífico de Cristo, termina en la celebración de la liturgia eclesial, esta será la razón de ser de la Iglesia en el ámbito celebrativo de la fe; implica esto una identificación con Cristo y una actitud de conversión, aspectos desde los cuales se dé la debida gloria a Dios y se pueda engendrar la santificación de los hombres (Cfr. DM 9. 3). A este respecto y aludiendo a Presbyterorum Ordinis N. 6, Medellín, plantea que

la institución divina de la liturgia no puede jamás considerarse como un adorno contingente de la vida eclesial, puesto que “ninguna comunidad cristiana se edifica si no tiene su raíz y eje en la celebración de la santísima Eucaristía, por la que ha de comenzarse toda educación del espíritu de comunidad. Esta celebración, para ser sincera y plena, debe conducir tanto a las varias obras de caridad y a la mutua ayuda, como a la acción misionera y a las varias formas del testimonio cristiano” (DM 9. 3).

Además, Medellín constata unos aportes especiales que habrán de obtenerse de la celebración del misterio de la Salvación, como el conocimiento profundo de la fe, el sentido de la trascendencia de la vocación humana, el crecimiento del espíritu de comunidad, el mensaje cristiano de gozo y esperanza, el carácter misionero y el compromiso con las realidades humanas (Cfr. DM 9. 6).

Ahora bien, Puebla en su capítulo III, sobre los medios para la comunión y participación, habla de la Liturgia, de la oración particular y de piedad popular, como realidades de la celebración de la fe del pueblo de Dios; a la primera la propone como momento privilegiado de comunión y participación para una evangelización que conduce a la liberación cristiana integral, auténtica; a las otras dos las define como fenómenos presentes en el alma de nuestro pueblo y que constituyen valores de evangelización (Cfr. DP 895). El documento de Puebla interpela para realizar toda una renovación litúrgica en la región, enmarcada en una teología litúrgica, donde es sumamente relevante la teología de los Sacramentos, para ayudar a la superación de mentalidades marcadas por el ritualismo y el rubricismo (Cfr. DP 916). Además esta renovación litúrgica implica, entre otros asuntos, ciertos criterios pastorales fundados en la naturaleza misma de la liturgia (fuente y culmen de la vida cristiana) y de su función evangelizadora y el fomento de la participación que conduce a la comunión (Cfr. DP 924, 925).

Puebla, asumiendo el espíritu de la Sacrosanctum Concilum, define en el numeral 918:

La liturgia, como acción de Cristo y de la Iglesia, es el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo; es cumbre y fuente de la vida eclesial. Es encuentro con Dios y los hermanos; banquete y sacrificio realizado en la Eucaristía; fiesta de comunión eclesial, en la cual el Señor Jesús, por su misterio pascual, asume y libera al Pueblo de Dios y por él a toda la humanidad cuya historia es convertida en historia salvífica para reconciliar a los hombres entre sí y con Dios. La liturgia es también fuerza en el peregrinar, a fin de llevar a cabo, mediante el compromiso transformador de la vida, la realización plena del Reino, según el plan de Dios.

En otro punto, es posible también vislumbrar como Puebla atiende al principio de que toda acción litúrgica es evangelizadora y que ninguna actividad pastoral puede realizarse sin referencia a la liturgia, pues toda celebración implica, de suyo, formación en la fe mediante el anuncio de la Buena Noticia, la enseñanza de la catequesis y la instrucción bíblica (Cfr. DP 927, 928).

Llegamos a Santo Domingo y el panorama no es tan distinto. El tema central como ya se mencionó en la parte introductoria es el de la Nueva Evangelización, de ahí que su capítulo uno lleve este título y en el numeral 34 hablando de la celebración litúrgica exprese, entre otras cosas, que

La Iglesia santa encuentra el sentido último de su convocación en la vida de oración, alabanza y acción de gracias que cielo y tierra dirigen a Dios por «sus obras grandes y maravillosas» (Ap 15,3s; cf. 7,9-17). Ésta es la razón por la cual la liturgia «es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza» (SC 10). Pero la liturgia es acción del Cristo total, Cabeza y miembros, y, como tal, debe expresar el sentido más profundo de su oblación al Padre: obedecer, haciendo de toda su vida la revelación del amor del Padre por los hombres. (…) el culto cristiano debe expresar la doble vertiente de la obediencia al Padre (glorificación) y de la caridad con los hermanos (redención), pues la gloria de Dios es que el hombre viva. Con lo cual lejos de alienar a los hombres los libera y los hace hermanos.

De lo anterior se puede inferir un acentuado espíritu conciliar donde se asume la celebración litúrgica como celebración del Cristo total, es decir, de Jesús cabeza de la Iglesia y de los fieles que participamos del sacerdocio común gracias al bautismo, por el que fuimos incorporados al nuevo pueblo de Dios, de manera que podamos gozar de los méritos que por las acciones litúrgicas se obtienen, o sea, aquellas centradas en nuestra santificación. Y también que adquiramos la convicción de celebrar nuestra fe como manifestación de la gloria que debe prodigársele al Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo.

Ahora Santo Domingo, como lo hicieron las anteriores conferencias, aboga por la promoción de una seria y permanente formación litúrgica del pueblo de Dios en todos sus niveles, a fin de que pueda vivir la liturgia espiritual, consciente y activamente (DSD 51). Esta es una insistencia especial de la conferencia citada, pues como vimos el centro es la Nueva Evangelización, lo que implica una transformación sustancia de todos los ámbitos de la vida de la Iglesia, lo que incluye la celebración litúrgica, cuya comprensión y vivencia debe partir de una formación adecuada, eficiente, efectiva y eficaz.

Finalmente, arribamos a la más reciente conferencia del episcopado latinoamericano, la de Aparecida. En el capítulo VI sobre el itinerario formativo de los discípulos misioneros y hablando de los lugares de encuentro con Jesucristo, se plantea a la Eucaristía como

el lugar privilegiado del encuentro del discípulo con Jesucristo. Con este Sacramento, Jesús nos atrae hacia sí y nos hace entrar en su dinamismo hacia Dios y hacia el prójimo. Hay un estrecho vínculo entre las tres dimensiones de la vocación cristiana: creer, celebrar y vivir el misterio de Jesucristo, de tal modo que la existencia cristiana adquiera verdaderamente una forma eucarística. En cada Eucaristía, los cristianos celebran y asumen el misterio pascual, participando en él. Por tanto, los fieles deben vivir su fe en la centralidad del misterio pascual de Cristo a través de la Eucaristía, de modo que toda su vida sea cada vez más vida eucarística. La Eucaristía, fuente inagotable de la vocación cristiana es, al mismo tiempo, fuente inextinguible del impulso misionero. Allí, el Espíritu Santo fortalece la identidad del discípulo y despierta en él la decidida voluntad de anunciar con audacia a los demás lo que ha escuchado y vivido. (DA 251)

Lo dicho antes implica la celebración y la vivencia de lo que creemos; la conformación con el estilo de vida de Jesús resumido en el mandamiento de la caridad y en el seguimiento de los consejos evangélicos; la inmersión en el misterio salvífico y redentor de Jesucristo.

Es por lo anterior que en el numeral 252, se le da una gran relevancia al precepto dominical como una necesidad interior del creyente, de la familia cristiana, de la comunidad parroquial, pues el entendimiento de esta realidad garantiza un discípulo misionero maduro. En otras palabras, Aparecida pretende que se asuma una configuración tal con Cristo que podamos transparentarlo en nuestra vida, la cual ha de expresarse fundamentalmente en nuestra dimensión de discípulos misioneros para que nuestros pueblos tengan vida abundante en Jesucristo. Por lo que el Domingo, día del Señor, en el que tenemos la posibilidad de hacernos más parecidos a Cristo es la jornada por excelencia en la que el pueblo de Dios se reúne para celebrar el Misterio Pascual de Cristo, para hacerse contemporáneos con la realidad del Hijo que trasciende el cosmos y la historia para darse a nosotros de modo especial en la celebración litúrgica.

III. CONCLUSIÓN

Al final sólo resta expresar como puntos comunes respecto a la celebración litúrgica, de las distintas conferencias episcopales de Latinoamérica y el Caribe, los siguientes:

· La impostación de la definición de la liturgia a la luz del Concilio Vaticano II, pero respondiendo al tema de la Nueva Evangelización, marco en el cual la catequesis, la teología y, por supuesto, la liturgia han querido ser adaptadas por los Obispos al contexto religioso de la región que se encuentra impregnado por el carácter multicultural de Latinoamérica y el Caribe.

· El asumir la liturgia como celebración del misterio salvífico de Cristo, como Misterio Pascual, como encuentro de Dios y los hombres, como celebración por excelencia de la comunidad, como celebración y vivencia de la fe.

· Todas las conferencias insisten en la adquisición de la convicción de vivir la liturgia espiritual, consciente y activamente. Cuestión que debe propiciarse desde la formación, la educación, la promoción y la constitución de una pastoral litúrgica que no se quede en la frivolidad de las normas, sino que abogue por una teología litúrgica y la comprensión bíblica de la dimensión celebrativa del cristiano.

· Puede inferirse en todas las conferencias una preocupación especial por no dejar que se desligue la liturgia de la evangelización, apelando al principio de que toda acción litúrgica es eminentemente evangelizadora y que todo ejercicio evangelizador debe conducir a la vivencia consciente de la liturgia, de la celebración del culto cristiano.



[1] Cfr. Conferencias Episcopales Latinoamericanas. [en línea][visitado el 22 de mayo de 2011] disponible en internet: http://multimedios.org/programas/descripcion/confer.htm

[2] Ibíd. http://multimedios.org/programas/descripcion/confer.htm

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